Me remonto al final del verano de 2004. En una tarde de septiembre en la que todavía apretaba el calor conocí personalmente a Manolo Salazar, un deportista, un escalador, un montañero nacido en Madrid pero que con el paso de los años se había jerezanizado hasta convertirse en un andaluz más. La sencillez y la humildad con la que Manolo me contaba las cosas, hacía que sus aventuras parecieran de andar por casa, cuando en realidad se trataban de historias espectaculares vividas a 8.000 metros de altura. Aquella tarde de charla, más otras conversaciones telefónicas me sirvieron parar realizar un reportaje a doble página con un texto cargado de vertiginosas vivencias y unas tremendas fotografías en las que no solo se podía ver a Salazar danzando en lo más alto del mundo, sino también a una Edurne Pasaban descompuesta por el frío o al mismísimo Oiarzabal recibiendo oxígeno casi inconsciente (ambos tuvieron que ser intervenidos quirúrgicamente y Juanito perdió varios dedos de los pies). Aq...
En este espacio repaso algunos de mis trabajos como profesional del periodismo